El Valle de Mallarauco, en la Región Metropolitana de Chile, se ha consolidado con los años en el imaginario agrícola nacional como una denominación de origen con el reconocimiento implícito de ser un terroir excepcional (el término viene del francés y se refiere al conjunto de factores ambientales y humanos que dan un carácter único e irrepetible a un producto agrícola). Su prestigio se fundamenta en la producción de frutales de exportación de alta calidad, un estatus que no es un accidente geológico, sino la confluencia de condiciones edafoclimáticas privilegiadas y una intervención ingenieril decimonónica de magnitud. Estratégicamente ubicado a unos 70 kilómetros al poniente de Santiago y a 56 kilómetros del puerto de San Antonio, el valle se ha consolidado como una zona agrícola de rica productividad, especialmente reconocida por sus cítricos, derivados de condiciones agroclimáticas óptimas que favorecen frutos con características organolépticas superiores y una sanidad vegetal destacable.
La sed del Valle y el canal de Mallarauco
Previo a la gesta de su transformación, el Valle de Mallarauco se caracterizaba por un paisaje de secano. Estas "tierras de rulo" o "no aptas para el cultivo" albergaban vegetación autóctona de matorral esclerófilo, dominada por especies como boldos y espinos. La limitación hídrica condenaba la agricultura a un bajo rendimiento, restringiendo el desarrollo productivo de la zona.
La visión transformadora correspondió a José Patricio Larraín Gandarillas (Santiago, 1817-1902), un hacendado, abogado, agricultor, diplomático y senador, reconocido por su liderazgo en la Sociedad Nacional de Agricultura y por ser el propulsor de la apicultura en Chile. En 1837, Larraín Gandarillas heredó el mayorazgo del valle, incluyendo los fundos Mallarauco, Pahuilmo y Mallarauquito, entre otros. Su proyecto fue ambicioso: desviar aguas del río Mapocho para irrigar las áridas tierras de Mallarauco.
La construcción del Canal Mallarauco, una obra hidráulica de envergadura, se inició en 1873 y se extendió por aproximadamente veinte años, concluyendo en 1893. Esta infraestructura implicó la canalización de las aguas del Mapocho a lo largo de más de 40 kilómetros, requiriendo la perforación de un túnel de más de 3 kilómetros a través del cordón montañoso de Mallarauco. Esta obra representó uno de los primeros trasvases de cuenca significativos en el país. Los trabajos fueron arduos; el avance inicial del túnel era de apenas 25 centímetros diarios, hasta que la introducción de perforadoras francesas, similares a las empleadas en el túnel ferroviario del Simplon en los Alpes, permitió un progreso de aproximadamente 4,5 metros por día. La finalización del canal permitió el riego de entre 7.500 y 9.000 hectáreas, transformando el valle de secano en una prolífica zona agrícola y consolidándose como un proveedor crucial de productos frescos para el Gran Santiago.
La Anatomía de un Clima Privilegiado
El Valle de Mallarauco se inscribe en un clima mediterráneo continental, caracterizado por estaciones bien definidas, con precipitaciones concentradas en el invierno (alrededor de 220 mm) y una marcada sequedad estival (aproximadamente 4 mm en verano). Esta particularidad climática es agronómicamente deseable para una diversidad de frutales.
Una de las variables críticas es la oscilación térmica diaria (OTD), la diferencia entre las temperaturas diurnas y nocturnas. En Mallarauco, los veranos cálidos y secos, con temperaturas máximas promedio en enero de 28°C (rango general de 25-35°C), combinados con noches frescas, propician una alta amplitud térmica. Esta condición es fundamental para la intensificación del sabor de la fruta, la concentración de azúcares naturales (grados Brix) y el desarrollo de coloraciones óptimas. La temperatura, de hecho, se considera el principal factor determinante en la calidad y condición final de la fruta.
La acumulación de horas frío durante el invierno es otro factor determinante para la fruticultura de hoja caduca. Estas especies requieren un número específico de horas a bajas temperaturas (entre 4 y 7°C) para romper la dormancia de las yemas y asegurar una floración homogénea y una posterior fructificación adecuada. La insuficiente acumulación de horas frío puede provocar floraciones heterogéneas y mermas en la productividad. Asimismo, los veranos cálidos y prolongados permiten una eficiente acumulación de grados día, lo que se traduce en un desarrollo óptimo de los frutos y una maduración completa.
Respecto a la protección contra heladas, si bien el clima mediterráneo se caracteriza por inviernos suaves, el valle presenta microclimas de ladera que minimizan la incidencia de heladas, un atributo de alto valor para cultivos sensibles. La radiación solar es abundante en los veranos secos del valle, un elemento vital para el proceso fotosintético y el desarrollo de los frutos.
La sinergia de estas variables edafoclimáticas (combinación de características del suelo y del clima que definen las propiedades de una zona geográfica) —veranos cálidos y secos, alta oscilación térmica, adecuada acumulación de horas frío y radiación solar—, confiere al Valle de Mallarauco un terroir que se traduce en frutas con atributos superiores de dulzura, textura, aroma y, fundamentalmente, una excelente condición para su postcosecha y viajabilidad, aspectos cruciales para la exportación.
Evolución del Paisaje Productivo
La disponibilidad de agua del Canal Mallarauco, en combinación con el clima privilegiado, catalizó una profunda transformación en el patrón agrícola del valle. De una economía basada en cultivos anuales y ganadería extensiva en condiciones de secano, se transitó hacia una explosión frutícola de exportación. Actualmente, el valle se destaca por la producción de cítricos (limones y naranjas), cerezas e higos. Cultivos como higos, nueces y almendras también encuentran condiciones óptimas en esta zona. Aunque la Reforma Agraria en el siglo XX reconfiguró la tenencia de la tierra, la infraestructura hídrica y las condiciones climáticas continuaron siendo el motor del desarrollo agrícola.
Una denominación de origen
El Valle de Mallarauco es un testimonio elocuente de cómo la intervención humana estratégica puede desbloquear el potencial latente de un entorno natural. La visión y perseverancia de José Patricio Larraín Gandarillas, materializada en la ingeniería del Canal Mallarauco en el siglo XIX, dotó de un recurso hídrico vital a un paisaje que, hasta entonces, estaba limitado por la sequedad. Esta infraestructura de regadío no solo hizo fértiles entre 7.500 y 9.000 hectáreas, sino que reconfiguró la vocación productiva de un valle entero.
La naturaleza, a su vez, contribuyó con un terroir mediterráneo de características invaluables: una significativa oscilación térmica que intensifica el sabor y color de los frutos, una adecuada acumulación de horas frío esencial para el desarrollo de frutales caducifolios, y una radiación solar abundante. La gestión de la baja humedad relativa, inherente a este clima, mediante técnicas de riego avanzadas, ha permitido maximizar la calidad y sanidad de la producción. Así, la amalgama entre la audaz ingeniería del pasado y las condiciones edafoclimáticas intrínsecas ha forjado la identidad actual del Valle de Mallarauco como un epicentro de fruticultura de clase mundial en Chile.
V. Referencias Consultadas
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